Restaurar es más que darle vida al pasado, es preservar la memoria en el presente y mantener el patrimonio para el futuro

jueves, 31 de mayo de 2012

Diners: La memoria ausente de Negret se hace presente

Diners: La memoria ausente de Negret se hace presente
ACTUALIDAD / Perfiles
La memoria ausente de Negret se hace presente

La memoria ausente de Negret se hace presente
Iván Beltrán Castillo /Fotos: Carlos Duque
Nadie ha penetrado en el actual drama del gran escultor Édgar Negret, hoy abatido por el alzhéimer. Un reportaje al silencio y una mirada al olvido, con fotografías destinadas a convertirse en historia.
Hace tres semanas, una tarde de lluvia pertinaz y tediosa, Édgar Negret volvió a llorar. Aquel gesto tan humano, tan natural, al que nunca se entregó en público, fue realizado ahora con impudicia, de manera casi obscena, con la frente en alto, sin ocultar el rostro, tal y como lo habría hecho un adolescente herido por su primer amor. Fue un instante sorpresivo, inolvidable y un tanto dramático para los que le rodeaban –dos de sus antiguos trabajadores y un enfermero– porque el presente del gran vanguardista de la plástica colombiana es, en apariencia, tan despreocupado como el de un niño de once meses que aún no conoce la crueldad del recuerdo y que, por lo mismo, todavía habita en la gloria del instante.
 
Del mismo modo que los recién llegados, el gran payanés percibe cada episodio doméstico ocurrido en su entorno –el vuelo de un moscardón, el sonido de un transformador, el gorjeo de un pájaro en el alféizar de la ventana– con los ojos muy abiertos, meneando la cabeza, a veces electrizado y nervioso, otras expectante y fascinado, recorrido en suma por el asombro elemental. Igual que los niños, es cierto, pero con la significativa diferencia de que la ceremonia de ellos simboliza la entrada al universo, y la del gran artista, en cambio, representa la salida.
 
Ninguno de los presentes esa tarde está completamente seguro del motivo de aquellas lágrimas providenciales, tal vez represadas hace décadas, pero todos sospechan que aquello sucedió porque en algún momento, mientras charlaban, alguno dijo el nombre de la ciudad de Nueva York, y esto fue como una descarga, una súbita inyección de vitalidad enervante. Negret repitió varias veces con indescifrable sentimiento: “Nueva York… Nueva York… Nueva York”. Y entonces llegaron las lágrimas.
 
Sucede que ciertos nombres, colores, melodías y combinaciones de la casualidad parecen sacarlo del ostracismo que le tiraniza, hacerlo saltar de su silla, su bañera o su cama, y transportarlo fugazmente a fechas pretéritas extraviadas en el tiempo. También algunas imágenes de la televisión que ahora mira todo el día, como el más consuetudinario de los “Homos domesticus”.
 
¿El gran maestro mirando bagatelas y fruslerías televisivas? ¿El explorador insomne de las formas innominadas, el señor de los dioses errantes, de los soles y los maizales sublimes, de los árboles magnéticos, de las máquinas, las máscaras y los aparatos mágicos, el chamán del metal y los tornillos y las tuercas, el sensual cosmopolita que recorrió el mundo deslumbrándolo, consumido hoy en las banales entretenciones de la posmodernidad? ¿Acaso estamos soñando?
 
Hace más o menos dos años, este legendario empezó a entrar al que podríamos llamar el país sin memoria, populoso feudo sin mapas ni límites en el que, gradualmente, se va perdiendo la capacidad de recordar las cosas que nos ligan al mundo, donde retener información se vuelve una tarea tan penosa como imposible, los nombres se desangran, las emociones filiales se ahuecan, se disipan las ideas. El río de la memoria, en fin, se adelgaza hasta secarse por completo. La ciencia, en su afán por nominar todas las cosas, ha bautizado esta blanca nación con un nombre escalofriante: la enfermedad del Alzheimer.
 
El escultor no se dio cuenta al principio. El mal es silente y tramposo. Una mañana, recuerdan sus trabajadores cercanos, se levantó con una pesadez extraña como si en la noche le hubiesen asolado cruentas pesadillas, y para sorpresa de todos dijo que no quería trabajar. Nunca había faltado a sus tareas. Sabía perfectamente que sin horarios y férrea disciplina el talento se atrofia como un músculo al que no se ejercita. Por eso nunca fumó ni bebió.
Ahí empezó todo. Con el paso de los días, Negret fue confundiendo los colores, perdiendo los nombres de sus artistas predilectos y sus libros de cabecera, olvidando las citas con compradores o galeristas, las fechas señaladas, las prioridades domésticas, el nombre de sus alimentos, los títulos de sus esculturas. Y después fue el olvido.
El espacio hechizado
La casa de Negret no fue nunca un sitio normal. Simbiosis de templo, castillo, fortaleza, laberinto y museo, allí están conjuntadas en una armonía geométrica todas las pasiones y los gustos del altivo hacedor de prodigios visuales. Pero en el interior reina una nueva atmósfera, densa y cortante, y un helado vacío gobierna los espacios. El artista ofició desde su llegada a la casa, hace muchas décadas, con el donaire ritual del caballero en su castillo. Por eso este espacio llegó a parecerse tanto al alma de su creador.
“Amó esa casa como al templo que le ponía a salvo de la grosera prosa del mundo –dijo Fausto Panesso, quizá el más cercano y entrañable de los amigos de Negret, y luego confesó–: para mí la enfermedad empezó después de que le ganara la desilusión de Colombia. Décadas enteras escuchando las promesas de los políticos y asistiendo a la infamia de los detractores, terminaron por aislarlo. Colombia nunca entendió a Negret y solo unos pocos le quisieron de veras, aunque no faltaron las cohortes hipócritas de oportunistas y aduladores. Él fue perdiendo entonces la fuerza inicial y un día sencillamente cerró la puerta. Se incomunicó y ahí empezó el derrumbamiento”.
“Dos fueron los hechos que frustraron a Negret y de los que, se me antoja, no se repuso nunca –agregó también, con ojos melancólicos Fausto Panesso–: el escándalo suscitado a principios de los ochenta por su colosal proyecto Monumento a Bolívar –que sería una edificación intrincada, casi infinita y barroca para representar la gesta del Libertador– y la perpetua postergación de su museo en Bogotá, que muchos políticos y politiqueros, ministros, altos funcionarios y hasta presidentes prometieron impulsar y ninguno de los cuales cumplió su palabra. La manera como lo trataron fue muy cruel. Las polémicas y acusaciones de sus antagonistas hirieron su fina sensibilidad hasta extremos francamente trágicos. Hasta Germán Arciniegas y Ramírez Villamizar lo atacaron. Entonces, secretamente, empezó su enfermedad, es decir, su aislamiento, la amargura, la insularidad. No hay que olvidar que, como lo dijo un poeta mexicano, hasta el cáncer es fruto del desconsuelo”.
 
Las horas perfectas de Édgar Negret
Sin embargo, el país sin memoria no lo es por completo. Negret es visitado a diario por tumultuosos recuerdos que, como una procesión de fantasmas, parecen llamarlo. Popayán, Nueva York, París y Barcelona son las ciudades que, como un leitmotiv, como si rodara por unos instantes en el tobogán del pasado, lo concitan y llaman.
Alguna tarde recordó el primer semáforo que vio en Nueva York en el mes de enero de 1949, y que le llenó de fascinación pánica y le hizo comprender el poder de los símbolos, llevándolo más tarde a emprender su serie sobre las máquinas; una mañana pidió que lo llevaran a ver la escultura de Guillermo Valencia realizada en los años cuarenta en Popayán, y que fue literalmente una piedra de escándalo por su hermosura iconoclasta; a veces, cuando el cielo de la ciudad adquiere el azul indefinible que solaza a los pintores y que se divisa nítidamente desde su terraza, Negret cree que está en París y expresa su deseo de visitar a los escultores amigos Calder o a Constantin Brancusi; un día preguntó obsesivamente por la mujer con las piernas abiertas y cuando los enfermeros creyeron que tenía un acceso de erotismo tardío, uno de sus ayudantes les informó que Negret evocaba una antigua escultura.
Y con frecuencia, oteando algún rincón o estirando una mano como para alcanzar un objeto largamente deseado, Negret parece encontrarse de nuevo con sus seres amados: su padre, el adusto general Rafael Negret, al que asegura ver pasar por el jardín encima de un percherón con el uniforme lleno de rocío; su hermana Alicia, con la que dialoga al atardecer, y el dramaturgo norteamericano Paul Foster, quizá el amor de su vida y con quien tuvo una larga relación sentimental. Los tiempos, como un rompecabezas, del que apenas existen unas pocas fichas, aparecen y desaparecen con la irrealidad de un teatro de sombras.
Negret declaró muchas veces que toda su obra no era sino una respuesta al asombro que le producía el mundo, y que su mirada no era menos virginal, incontaminada y bella que la de un salvaje. Ahora, curiosamente, su rostro parece labrado por una ingenua y desmesurada fascinación.
“Desde que el maestro se olvidó de todo ya nadie volvió por acá. No se escucha el timbre y casi ni repica el teléfono. ¿Dónde se habrán metido los amigos, los admiradores, la gente que venía? Todos dicen lo mismo: que quieren recordar al maestro en los días de la salud y la gloria”, dice Jesús Tibaduisa, el asistente que ha cuidado las esculturas en el taller por más de veinte años.
“Caminando sin rumbo el otro día me encontré con una de las esculturas diseminadas por todo Bogotá –me dijo la periodista y poeta Amparo Osorio, quien le hiciera una de las últimas entrevistas a Negret–. Me dio tristeza ver sus colores borrados, el óxido devorando algunas de sus partes, un horrible montículo de basura alrededor, algún letrero procaz que le fue escrito encima. Me dolió que nadie volteara a mirar aquella obra abandonada a su suerte, huérfana de padre y de cómplices, y de pronto se me antojó que semejaba, allí en la calle, la osamenta funeral de un dios caído. Exactamente como le está ocurriendo a Negret. Colombia olvida a sus grandes brújulas”.
Es cierto: si olvidar a alguien es de algún modo asesinarlo, Colombia hace rato que mató a Negret. Colombia también tiene alzhéimer.

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